Introducción a la novela

Erika tiene un plan. En el descanso de las 18:30, lo ha decidido, mientras el cigarrillo se consumía apoyado en el borde de una maceta llena de colillas. Erika no fuma, pero a su jefe le ha dicho que sí y cada dos horas y media pide permiso para salir al patio trasero y fumarse un cigarrillo. Esto le obliga a comprar un paquete de Chester cada dos días, pero piensa que la inversión vale la pena. Sale al patio trasero con el paquete en las manos. Enciende un cigarrillo, ha tenido que aprender a encenderse un cigarrillo, y deja que se consuma en el borde de la maceta que usa como cenicero. 10 minutos cada dos horas y media por menos de dos euros al día. No es mal negocio.
Si su plan funciona quizá pueda dejar de trabajar en Luigi´s y dejar de comprar cada dos días un paquete de Chester. Lo ha tenido claro en el momento en que ha visto caer la colilla al fondo de la maceta. O eso cree. No sabe muy bien cuanto tiempo le llevará ponerlo en práctica ni que pasos ha de seguir, pero tiene un plan y acaba de decidir que esta noche va a dar el primer paso. Porque todo plan empieza con un primer paso, aunque no sepas aún cual será el siguiente.

martes, 26 de mayo de 2009

Paso nº 2

Pequeño ritual. Trapos de cocina con frutas estampadas.


J.S. Bach: Goldberg Variations "Variatio 13 a 2 clav. y variatio 14 a 2 clav." Glenn Gould al piano.

Me gusta fregar los platos. Miento.

Vivo en un piso pequeño. Un sólo espacio con lavabo. Un rectángulo perfecto con lavabo. A un lado la cama y al otro la cocina. No me gusta fregar los platos, pero tampoco me gusta ver desde la cama la sartén y la olla sucias amontonadas sobre el fregadero.

Me quedan dos páginas para terminar el capítulo 36 del último libro que me ha prestado Manuel. Tooru Okada ha encontrado a su mujer a la que lleva buscando desde la página 148. Alguien llama insistentemente a la puerta de la habitación de hotel en la que están los dos solos, él y su mujer. No puede verla, las luces están apagadas, pero sabe que es su mujer. Ella le pide que no le alumbre directamente la cara con la linterna. Vuelven a llamar a la puerta. La voz de la mujer, su mujer, le pide que huya. Está realmente interesante. No importa. Mis ojos se desvían inevitablemente y veo los malditos cacharros sucios. No hay remedio. Me levanto y voy a limpiarlos, puedo acabar el capítulo y Tooru huye atravesando la pared.

Hay otro motivo por el que he pensado de forma automática Me gusta fregar lo platos. Otro motivo más importante y que se ha revelado como necesario. Un motivo por el cual, la escena de aparcar el libro y levantarme como una posesa a fregar cacerolas no se produce muy a menudo. Fregar ollas me aclara la mente. Suena a frase publicitaria poco acertada, pero es así. Fregar me aclara la mente.

Se podría decir que he instaurado un pequeño ritual a la hora de fregar los platos. No ha sido premeditado, pero así es. Siempre lo hago a la misma hora, pero eso no es parte del ritual. Friego los platos a las 12:30 del mediodía. Antes de bajar a Luggi´s, a la una, para servir pasta y pizza hasta las cuatro. Me agacho frente a la estantería, junto a la cama, donde guardo los cd´s y elijo The Goldberg Variations. Para fregar prefiero música clásica y Bach le da un toque de dramatismo que me gusta, pero también puedo escuchar cualquier otra música, eso no importa. Le doy al play y empieza a sonar.

Lleno hasta la mitad el fregadero de agua caliente y le añado dos chorritos de detergente. Enjabono primero los vasos. Luego platos y cubiertos y por último ollas y sartenes. Siempre en este orden. El orden tampoco es cosa del ritual, es una costumbre. El agua caliente me hace sentir los dedos como si no fueran míos. Hundo la mano en el agua sucia y quito el tapón. Hasta este momento mis pensamientos han sido neutros. No sabría decir que he estado pensando. En el agua. En que tengo que comprar comida para Moses. ¿Cuándo fue la primera vez que escuché a Bach? El fregadero se vacía lentamente descubriendo el tesoro oculto de platos enjabonados. Abro el grifo de nuevo y aclaro el primer vaso. A los pocos minutos de sentir el agua fría sobre mis manos noto una suave ligereza detrás de los ojos. Algunas veces los cierro y mantengo las manos bajo el chorro, aclarando un vaso, y lo coloco sobre la bayeta sin mirar. Todavía no he roto ninguno. Sigo aclarando los platos y la base del cráneo parece desperezarse y activar un cosquilleo efervescente que se expande poco a poco. Suena místico, pero es básicamente así. Con los cubiertos, el cosquilleo deja paso a un vacío completo. Mi mente se ha quedado completamente vacía. Nada. Sólo una sensación de entumecimiento sobre las manos. Y por un momento tengo la sensación de entenderlo todo. Y cuando digo todo, estoy diciendo todo y, a la vez, nada en particular. Es simplemente una sensación. Una sensación que pierdo rápidamente al intentar traducirla en palabras. No pierdo la esperanza.

Debería empezar a concretar el plan. Algo sencillo. Es mejor empezar por algo sencillo. Esta noche empezaré la lista de preferencias de configuración del sistema Erika. Preferencias de Erika, para abreviar. He pensado toda mañana en como llamarlo y creo que preferencias es la palabra perfecta. Como si estuviera construyendo una máquina, un íntimo sistema de preferencias para re-actualizar al artefacto Erika. La culpa de todo este vocabulario tan high-tech la tiene Manuel, pero me gusta. Parece algo científico. Moses me mira desde la mesa y parece que sonríe alargando los bigotes hacia delante.

Tengo que pensarlo bien para no omitir ningún detalle. Me seco las manos con un trapo de cocina con limones estampados. Trapos de cocina con frutas estampadas. También podría anotar mi pequeño ritual de fregar los platos. Al fin y a cabo ocupa parte de mi tiempo y es algo necesario. Es como una preferencia predeterminada. Un programa que viene con el cd de instalación. Erika friega los platos a las 12:30.